El chango

No responde nada, sólo grita como loca, le propino varios en el hocico hasta dejarla floreada, fue ahí cuando entraron a separarme, entre ellos tú, poco les duró el gusto porque los saqué y atranqué la pinche puerta, ahí dentro se quedó el René, ambos la pateamos en el suelo, se revolcaba como culebra, no sé cuántos chingadazos le dimos, yo creo que muchos porque ya me dolían los pies, de pronto el René me dice: “oye chango, vamos a cogérnoslo por puto”. No sé qué me pasó, pero me dieron ganas, así que le rompí la falda y los calzones y ¿sabes qué?, esto no lo dije antes, pero ese culo no estaba recién usado por un cliente, me consta.

El chango

Un fuerte golpe, seco, a puño cerrado, seguro duele más cuando hace frío. Recorro sutilmente la cortina y observo a través de la ventana. Dos sujetos despojan a un jovencito de sus pertenencias, a su vez le propinan terrible golpiza. No puedo hacer nada por él, ¿qué caso tiene? Quizá lo dejaron muerto. Los maleantes se van y el cuerpo queda tendido sobre el pavimento.

La vista hacia éste mundo es mejor que cualquier película, siempre hay acción, sangre y sexo. Cuando estoy aburrido me entretengo viendo a las rameras que exhiben su mercancía. Las hay de todas formas aunque son pocas las que valen la pena, la mayoría son gordas, viejas o mugrientas; también deambulan maricones que se visten de mujer, al final todas son unas putas. Tiene mucho que no visito alguna, de cualquier manera ni se me antojan; ya no hay mujer como aquella, una verdadera hembra. A veces la extraño. No cualquiera puede presumir el haber tenido a su propia puta. Que hermosa mujer, la más asediada, la mejor del barrio. Sólo conmigo se entregaba completamente, y yo sin prejuicios me la comía, así sin nada, a pelo directo, me lo permitía sólo a mí, ella me lo dijo. Después de un año tuvimos un chamaco, nuestro hijo, sin embargo ella se contaminó de quién sabe qué y pues valió madres. No la juzgo por eso, toda profesión tiene su riesgo.

El joven golpeado comienza a incorporarse, algunas personas se acercan a él para socorrerlo, principalmente son madrecitas, ellas limpian la sangre de su rostro y le dicen “hijito”. De la vecindad sale “El chango”, un tipo tosco, prieto, peludo, digno de llevar ese nombre, con voz aguardentosa vocifera y da empujones para apartar a las ancianas -¿Quién es este? ¿Quién es este? ¡A la chingada cabrón! ¡Te voy a tronar como a un perro si no te largas! ¡A morirse a otro lado desgraciado!- Las madrecitas desaparecen y el joven corre descompuesto, tambaleado y aturdido por los fuertes golpes.

Tanto escándalo me robó el sueño, una ronda nocturna no me caería mal, el frío decembrino siempre me resulta agradable. Conozco este barrio por varios años y me doy cuenta que todos se parecen, el mismo olor y el mismo tipo de gente. La inmundicia gusta salir cuando no hay luz. Futuros delincuentes se drogan en las calles y llevan consigo estatuas de “santitos”; indigentes cagando como perros callejeros y puestos de comida por todas partes, tal parece que el mejor condimento se encuentra en el aire que se respira.

Regreso a la vecindad, atravieso el oscuro callejón y el pasillo que lleva al primer patio. Adornos navideños le dan colorido a tan lúgubre recinto; los niños corren como lucecillas y chispas, ríen y brincan, creo ver entre ellos a mi hijo. Mi pecho se infla, algo me impide exhalar, me siento enfermo y cansado. Inmerso en mí mismo camino extraviado en un lugar que conozco por años. Un silbido suena varias veces y después mi nombre, eso me hace reaccionar. Es “El chango”, se acerca a darme la mano y un abrazo:

– Que gusto Pablito, ¿todo bien? ¿Cómo has estado?

– Todo bien “chango”, ¿hace cuánto saliste?

– Apenitas, justo para navidad.

Un lapso de silencio se presenta entre ambos, -no sé por qué pero me gustaría que siguiera encerrado-. “El chango” rompe el silencio y dice:

-Ya me estuve enterando de todo lo que pasó en mi ausencia. Hay que poner orden en el barrio, todo es un desmadre.

-Es verdad…

-Cada vez hay más maricones ¿Te has dado cuenta?

-Sí…

-No tengo nada en contra de los putos, pero ¡eso de que ya quieren ser mujeres! No, eso no va. Nosotros sabemos de lo que son capaces esos cabrones-. Al mirar alrededor baja la voz y pregunta: -¿Sabes algo de la Chabela?

-No, por la madriza que le diste pasó mucho tiempo en el hospital. Regresó unos meses a la vecindad y después de que no le comprobaron nada se fue a quién sabe dónde.

-Quizá ya es mujer y ni sabemos- el chango comienza a reír a carcajadas -¿No lo crees Pablito?

-Puede ser…

-O sigue de puta por acá y ya me la cogí sin darme cuenta –“el chango” carcajea aún más descontrolado y pregunta con seriedad repentina -¿Pero ya no te buscó, ya no le seguiste la pista?

-Me dijo lo mismo que a la policía, que no tuvo nada que ver con la desaparición, que andaba puteando a esas horas.

-¿Y todo el billete que le encontraron después, qué?

-Según eran ahorros de su chamba.

-¡Ni madres, ni que valiera para algo esa chingadera! Yo la vi Pablito, en serio que llevaba a tu chamaco de la mano. Le silbé y caminó hasta más rápido. “Pinche joto”, pensé mientras se alejaba, no le di importancia, tampoco fue algo tan extraño, se sabía que le tenía cariño a tu chavito, pues ya ves, ella era muy amiga de tu vieja, que en paz descanse– se persigna.

-Ya pasó un buen rato de eso “chango”, no recuerdo muchas cosas, ni quisiera hacerlo…

-Pero tú sabes que no se puede. Yo no me arrepiento de la golpiza que le di y por eso mismo no quiero que se me olvide. Es más quiero contarte algo, pero discreción Pablito.

-Bueno…

-Esa noche llegué a la vecindad y todos gritando: “el niño”, “el niño”, pues a buscar en la calle, en los cuartos, en todas partes. Repentinamente me acordé que lo vi con la chabela, pero ni luces de la cabrona. ¿Te acuerdas que llegó del otro lado? Que según porque su cliente la dejó por la calle de atrás. ¡Mentira! ¡Quién iba a llevar a esa puta en carro hasta la vecindad! Apenas la veo y me lanzó contra ella, pinche maricón, todo viejo pero bien que corre a encerrarse en su cuarto. De ahí ya sabes, todos me vieron forzando su puerta para entrar y darle en su pinche madre.

-Sí, lo recuerdo…

-¡Ah, y me respondes fastidiado! Todavía que yo fui el único que se aventó, ya ni tú, que hasta me estabas separando. Mira cabrón me aguanté doce años encerrado, pero volvería a hacer lo mismo: chingármela. Recuerdo como la chillona se escondió en el ropero, pues que lo abro de una patada y la saco de las greñas. Le grito: “¿Dónde está el niño, dónde está el niño?” No responde nada, sólo grita como loca, le propino varios en el hocico hasta dejarla floreada, fue ahí cuando entraron a separarme, entre ellos tú, poco les duró el gusto porque los saqué y atranqué la pinche puerta, ahí dentro se quedó el René, ambos la pateamos en el suelo, se revolcaba como culebra, no sé cuántos chingadazos le dimos, yo creo que muchos porque ya me dolían los pies, de pronto el René me dice: “oye chango, vamos a cogérnoslo por puto”. No sé qué me pasó, pero me dieron ganas, así que le rompí la falda y los calzones y ¿sabes qué?, esto no lo dije antes, pero ese culo no estaba recién usado por un cliente, me consta. Por eso te pregunto: ¿De dónde salió el dinero que según guardaba en la funda de la almohada? ¿De sus ahorros? ¡Ni madres! El varo no estaba ahí, no en ese momento, lo trajo después la cabrona.

-¿Cómo lo sabes chango?

-Porque agarré la almohada y se la puse en la jeta para taparle el hocico y no verle la pinche cara; de haber dinero me lo hubiera chingado.

-¿Por qué no lo dijiste antes?

-¿Querías que dijera que me violé a un maricón?

-Pero ¿qué no por eso te encerraron?

-Es su palabra contra la mía. ¿Entiendes? Yo sólo te digo cómo pasó todo, porque estoy seguro que ese marica se llevó a tu chamaco para cambiarlo por varo para su pinche operación, para convertirse en “mujer”. Se la pasaba hablando de eso, de que sería una damita, jodido viejo asqueroso. ¡Le hubiera hecho la jarocha en ese momento! En cambio, la saqué a rastras del cuarto y la hice morder banqueta ¿Recuerdas cómo le brincaron los dientes cuando aplasté su cabeza?

Después de tener que escuchar al chango salí por la parte trasera de la vecindad con la necesidad de recrear la escena, sin embargo han pasado más de doce años y cada vez recuerdo menos las cosas, ojalá pronto olvide todo. Ahora estoy en mi cuarto, envuelto en mí mismo. Los ruidos de la noche no conceden descanso y las grietas de las paredes rasgan mis ojos. Afuera solamente hay bullicio. ¡Que porquería! Todos revolcándose en su propia suciedad y embarrándose las manos con la mierda del otro. Al menos mi hijo está fuera de esa posibilidad, se libró, sin querer, sin saberlo. No sé si está muerto, si la chabela se lo llevó, si se perdió o está buscando el camino de regreso. Hoy sería un jovencito, así como al que golpearon bajo mi ventana hace unas horas… pero no tengo sueño, se me fue hace años. Voy a salir un momento, quizá lo encuentre en el camino, se veía tan mal al pobre chamaco.

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