El Vigilante

Muchas veces nos detenemos a observar aquello que es grotesco por simple morbosidad, como si lo repulsivo también tuviera un encanto seductor. Sin embargo éste no es el caso, aquél hombre no dejaba de provocar incomodidad, desagrado, molestia, todo al mismo tiempo. ¡Qué inevitable es no poder desprenderse de algunas situaciones! Reconozco que es absurdo indagar en aquello que no deseamos, pero tal parece que muchas veces nos enfrentamos a un placer culposo, uno que hace violentar nuestras emociones a grados delirantes. Me pregunto muchas veces si somos una especie enferma… Aquí cada espacio que se logra conseguir es ya una conquista. Nada libera, todo es un colapso, más cuando un rostro como ese hace notar su existencia.

El vigilante

 

El rostro ridículo

Eduardo Ruiz C.

 

“Para mí, la belleza es la maravilla de las maravillas.

Sólo los superficiales no juzgan por las apariencias.

     El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”.

Francois de La Rochefoucauld

Muchas veces nos detenemos a observar aquello que es grotesco por simple morbosidad, como si lo repulsivo también tuviera un encanto seductor. Sin embargo éste no es el caso, aquél hombre no dejaba de provocar incomodidad, desagrado, molestia, todo al mismo tiempo. ¡Qué inevitable es no poder desprenderse de algunas situaciones! Reconozco que es absurdo indagar en aquello que no deseamos, pero tal parece que muchas veces nos enfrentamos a un placer culposo, uno que hace violentar nuestras emociones a grados delirantes. Me pregunto muchas veces si somos una especie enferma… Aquí cada espacio que se logra conseguir es ya una conquista. Nada libera, todo es un colapso, más cuando un rostro como ese hace notar su existencia.

Estoy seguro que muchos me creen loco, cualquier “cuerdo” me lo ha dicho; pero este mundo, tal y como lo conocemos, es sólo para locos, pese a que no todos son aptos para vivirlo, mucho menos para saberlo y permanecer en él. Soy un experto en reconocer la locura que esconde todo ser humano. Todos los días libro mis batallas interpretativas al observar expresiones, gestos, semblantes, todo aquello que muestra un rostro.

El tipo sigue ahí. Nunca me acostumbraría a ese rostro —¿Quién lo podrá tolerar?— Mejor cierro de nuevo los ojos…  —pero no me gusta cerrarlos en el día—. ¿Por qué tenía que plantarse justo frente a mí? Es inútil, es un rostro inevitable.

El tiempo, todo radica en el tiempo… a esta hora es imposible evadir los tumultos, las aglomeraciones. —¿Quién no está molesto?— Es un viaje largo, preferible siempre la tolerancia y la prudencia. —¿Quién se escapa del malestar colectivo?— Además, seguro que cada uno de nosotros resulta absurdo y ridículo al vecino próximo. Paciencia, ahora entiendo la importancia de esa virtud. Para amar al semejante hay que ser pacientes, es como estar dentro de un gran hospital esperando ser atendido por el médico. No podemos culpar por la espera al prójimo, todos hemos de ser responsables de nosotros mismos, para eso la libertad. ¡Sí! Precisamente, el libre arbitrio nos hace responsables. No es culpa de la tardanza del gran médico, tampoco de los pacientes. La culpa es la impaciencia, a ella se le debe la intolerancia y el odio, es ella la fuente de nuestros males. Creo que debería de ser filósofo, un maestro de moral, se requiere padecer el infortunio y el odio para apremiar contra él, quien mejor que un hombre que conoce la condición humana, que sabe que es el odio y el rencor, quién mejor que un hombre así para otorgar un sincero humanismo.

Me siento mejor, que agradable es ver el mundo con nuevos ojos, ese hombre realmente no tiene un rostro ridículo. Es un ser humano, ¡Por Dios, como todos nosotros! Seguro posee cualidades, tal vez un pensamiento sumamente agudo, pues por lo general esas personas con carencias físicas suelen desarrollar grandes facultades que no todos pueden constatar en la inmediatez. Quizá posee una voz de cronista, o mejor aún, es un elocuente conversador; quizá compartimos puntos de vista sobre la condición humana y él es más desprendido y despreocupado de ésta misma, pues ese rostro seguro lo ha llevado a comprender otros misterios. Quizá tiene personalidad de genio, pues muchos de ellos han tenido rostros estúpidos y ridículos, que ironía… Es posible que ese pobre diablo sea poseedor de alguna virtud; es posible que ese miserable logre representar una esperanza a favor de la humanidad; es posible que ese cínico no sienta vergüenza por poseer tan terrible cara; es posible que ese embustero se esté burlando de todos nosotros, pues sin el pudor se convierte en un cínico y no hay nada más triste para el amor al prójimo que un hombre desconsiderado. Sin embargo, es, debe ser, más que un rostro ridículo.

Pero —¿Acaso me logro engañar?— ¡No!  Debo creer que realizo un gran esfuerzo, y por Dios que lo hago. ¡Ay! Es difícil estar frente a ese rostro, tan cerca, cara a cara; el vacío creado entre los pasajeros es cómplice, siempre un espacio que permite la mirada entre él y yo, siempre el rostro ridículo que me avergüenza. Cabello espeso, negro, profundamente negro; la frente es diminuta, brillosa y con relieves disconformes; pómulos inmensos hunden los ojos redondos y pequeños, no sé qué miran, siempre están ausentes, otorgan expresión de estupidez; la boca es pequeña pero carnuda, principalmente el labio inferior, éste se encuentra tan extenso y protuberante, despellejado, erosionado como una roca; el mentón es triangular y la cara amplia, tosca pero débil por esa punta formada de manera partida; las orejas apuntan al frente, como si mirará a través de ellas; cejas pobladas, dan el aspecto de dos azotadores negros que caminan sobre la desgraciada cara; piel anémicamente blanca, amarillenta. Lo que más impacta es el semblante, que no es más que la burda combinación de toda esa figura asimétrica. Un ser ausente, incrédulo pero engañoso, con maldad, pero una maldad estúpida y perversa. Él lo sabe y se regodea aparentando pasividad, porque es un cínico que juega con su miseria y saca provecho de ella al saber el asco que provoca.

Que extraños ojos tiene este tipo, se asemejan a los de una vaca, redondos, cristalinos, pero también tristes, no he visto en otro animal más profundidad que en el mirar de una vaca. Es la ambigüedad quien me perturba, la desnudez de su mirada. Así miran los niños, confiados en el entorno, indiferentes y curiosos, para ellos no existe la incomodidad de encontrarse con otros ojos, al contrario, se adentran en la mirada y cuando se aburren buscan otra cosa con que entretenerse; sin embargo esas miradas infantiles incomodan. -¿Pero qué estoy pensando? ¿Quién podría intimidarse con la mirada de un niño?- ¡Sólo un loco! Aunque los niños están comenzando a desarrollar su cerebro, en dado caso su funcionamiento es limitado, pensándolo bien, los niños están locos… Pero éste frente a mí no es un niño, más parece una vaca; no sabe que es la prudencia, no sabe que las miradas ven el demonio que habita en el otro, por eso debemos esquivarlas y no estar hurgando en el Diablo ajeno.

No puedo dejar de repetirme que es un provocador. ¡Quiere provocarme! ¡Me reta! Sé que es consciente de lo que hace, se ha dado cuenta que me molesta y que no puedo levantarme de mi lugar para otorgarle una bofetada, pues yo soy una persona prudente. Si él puede hablar oculto en su mirada, también lo puedo hacer yo. Buscaré cada pretexto para penetrarlo con los ojos, le haré saber que estoy al tanto de sus movimientos. —¿Acaso crees que no me doy cuenta de tus intenciones? Yo también sé jugar tu juego, a mí no me engañas. Quieres desquiciarme, lo disfrutas, ¡eh! ¿no es así? No eres más que un pobre Diablo, lo leo en tu absurda cara. Seguro te lo han dicho muchas veces, pero nadie lo ha hecho como yo. Léeme: eres un r o s t r o r i d í c u l o, y yo me estoy riendo de ti sardónicamente, así que deja de jugar conmigo pues te he descubierto. ¡Ah! Con que me evitas ahora, ¡eh! ¿ya sientes pudor? ¿Estás buscando alguien más a quien joder? No te dejaré en paz, deseo que sientas vergüenza porque no quiero volver a encontrarme con tu estúpida cara. ¿Qué miras? ¡Eh! ¿Qué miras?— Parece que el idiota busca algo en su enorme labio inferior, tal vez cuenta el número de pellejos que hay en él. ¡No puede ser, me está mostrando su nariz! —Te has dado cuenta de que no me había percatado de esas púas que se asoman fuera de tan terribles fauces. Esa nariz corona tu semblante de gran idiota, sí, ahora lo sé y eso no cambia las cosas en este momento—. Ya no me mira, algo parece atraer su atención, gira constantemente su cabeza hacia la derecha, no logro distinguir qué es, posiblemente ha logrado comprender.

He odiado a éste hombre por varios minutos, eso no me enorgullece, realmente no, es sólo que su imprudencia, su cara, bueno, estoy seguro que a cualquiera le puede pasar, cualquiera es capaz de sentir lo mismo que yo; sin embargo me siento mal, un peso moral me aplasta -¿Por qué alimentar esta sensación, este desprecio hacia un ser humano que es tan desdichado por poseer un rostro ridículo? Seguramente su vida no es fácil. Me imagino las constantes burlas a las que está expuesto; esos años infantiles en que los niños dejan de estar locos y arremeten con crueldad entonando carcajadas contra otros, contra los rostros ridículos. Imagino todas las risas asesinas que lapidaron a ese pobre hombre a lo largo de su vida. Seguro que nadie lo ha amado ¿Qué mujer podría interesarse en alguien como él? Claro, también las hay feas y estúpidas, pero la mujer es más cruel que el hombre, pues un amigo desgraciado pude sostenerlo en amistad, sólo para no sentirse a sí mismo tan patético, mientras que ninguna mujer podría encontrar regocijo al tener un amante de esa categoría. Pobre hombre, la sociedad lo margina, el mundo lo ha hecho un insensible, un salvaje, un imprudente que no conoce el pudor, porque su desgracia sólo le ha regalado golpes, y tantos golpes recibidos no educan a nadie, no domestican al animal que se lleva dentro.

Me siento mal. Yo mismo soy cómplice de su infortunio. Él a pesar de todo es un hermano, un hombre al que no se le debe arrebatar la dignidad. Esperaré el momento en que nuestras miradas se crucen para regalarle una sonrisa, aunque sé que él no comprenderá —¿Quién le ha regalo sonrisas benevolentes?— además es un salvaje, pero no importa si no corresponde mi buen gesto, estoy dispuesto a digerir la grosería con agrado. Debo de ser cuidadoso, pues después de tanto látigo, el pobre interpretará mi noble acción como burla, es lo único que conoce. Pondré en práctica la prudencia, mejor aún, seré sutil y casual, espontáneo. Estoy expectante al surgimiento del momento perfecto para actuar, la paciencia es una de mis virtudes fundamentales. Parece que está por llegar, un gran tumulto de gente se muda de tren, ¡ahí está! Hay un pequeño zopenco que despierta de un pesado sueño, confundido trata de identificar la estación, choca con las personas que intentan salir, es un enclenque, no puede abrirse paso, que absurdo se ve empujando por un lado y por otro -¿de qué le sirve dar esos saltitos?-. El sonido del cierre de puertas comienza, no lo logrará, sin embargo sigue dando esos saltitos ridículos hasta quedarse con un palmo de narices. Varias personas lo observamos entretenidos, todos queremos encontrar su mirada, pues al pobre, de tanto brincoteo, se le fueron bajando los pantalones. El pigmeo hace por sostenerlos y subirlos con torpeza, al voltear ante su público, una tremenda sonrisa en su rostro permite que todos nosotros detonemos en carcajadas. Esto comprueba que somos seres civilizados. Estoy a punto de dirigir la mirada al frente, donde se encuentra el rostro ridículo, le daré un buen gesto de hermano, pero ¿y si a él no le ha causado gracia ese incidente? Al contrario, es probable que la escena le resulte incómoda, pues alguien tan desafortunado como él no puede permitirse una burla ante otro desgraciado. Seguramente mi amabilidad le cause una gran herida. Él, tan acostumbrado a comprender la risa como algo nocivo a su persona malinterpretará mis intenciones. Lo mejor es evitarlo, aparentar que nada pasa. Gracias a Dios me detuve en el justo momento. Lo trataré como a uno más, como a un igual, no haré de su diferencia un espectáculo morboso. Siempre es reconfortante acoger al desgraciado. He puesto a prueba una vez más a mi gran humanismo, además falta menos de la mitad del camino, creo que al fin podré descansar lo que resta del viaje.

Pero —¿por qué voltea con tanta frecuencia?— Pareciera que busca algo —¿Qué mira?—  Es un infame, dirige sus asquerosos ojos hacia una mujer que se encuentra sentada casi al extremo de la fila de asientos. No es una mujer de extraordinaria belleza pero luce atractiva. —¿Qué pretende? ¿Seducirla?—  Ella es delgada y tiene un rostro amable, lleva sobre sus piernas a un pequeño de no más de dos años. Me doy cuenta que en el movimiento del tren sus senos brincan.

—¡Ese maldito!—  Además de salvaje es un morboso —¿de qué sirve ser considerado con una lacra, con un perro rabioso como él?— Pero que insistencia la suya, la mujer juega con el niño y éste se empuja en los grandes senos de su madre, el rostro ridículo no deja de contemplar, hasta parece que está al acecho de arrojarse sobre la pobre mujer y tomar el lugar del crío. Si acaso se atreve… yo soy capaz de impedirlo. Sorpresivamente se desocupa un puesto a lado de la mujer, ante mi asombro el rostro ridículo se levanta velozmente —joder, sí que es rápido, no tuve momento de actuar. No logro comprender esa osadía, pero no llegará lejos, lo impediré. Busco apoyo en mis vecinos, me percato que no soy el único que está indignado, al extremo hay un hombre de pie, mira por momentos, pero con agudeza, hacia este lado del vagón, él me entiende, comprendo esa mirada. Si el rostro ridículo apenas se atreve a mover un dedo y tocar a la muchachita, me arrojaré a golpearlo, en dado caso sé que hay un hermano que me prestará ayuda, claro, en caso de necesitarla.

La realidad es tan caprichosa, tan inaccesible que debería de llevar nombre de mujer, resulta que la muchachita es la pareja del rostro ridículo. Inmediatamente tomó al niño y ella le acaricia cariñosamente ese asqueroso cabello, el rostro ridículo se ve feliz, pero me concentro en ella por instantes. No tiene más de treinta años, eso es seguro, realmente puede parecer bonita, ¿por qué se habrá permitido procrear con ese hombre? Hay cosas que no entiendo, principalmente esa naturaleza femenina que está distorsionada. Primero quieren lo mejor para su especie, eso se encuentra ya registrado en sus instintos; se supone que deberían de seleccionar al mejor postor, y si fuera el caso que ellas mismas no fueran el mejor señuelo, se inventan los artilugios necesarios para dar la impresión de serlo. Ellas siempre están en caos, en enfrentamiento, indudablemente así debe de ser, su naturaleza lo dicta, pues son las portadoras de la vida y, la existencia antes de ser, ya está combatiendo. ¡Ay! Pero luego se enamoran de un Cyrano y sólo vienen a debilitar sus instintos. Pero este tipo no creo que logre tener hilaridad de pensamientos e inteligencia en el discurso, no hay duda de que es un estúpido. Ella luce un bello cuerpo, el niño seguro está bien alimentado, se le ve sano, ojalá no herede lo ridículo del padre y su madre logre salvarlo. Me río de mis pensamientos: ¡Qué le va a enseñar esa mujer! Con el padre elegido indica lo limitado de su juicio, pobre crío, está condenado al mismo destino que sus progenitores, a ser una sombra en su paso por este mundo. Aun así, siento pena por ella, se le ve tan linda, tan tierna, tan maternal… podría tener un segundo hijo para corregir al primero, obviamente no con el rostro ridículo, sino con alguien que la rescate, con alguien que le ayude a recuperar el instinto de mujer, con alguien que sea lo suficientemente hombre para reivindicarla en su naturaleza. Pero eso nunca pasará, ya fue tocada por el Diablo.

El niño suelta carcajadas, el padre se divierte con eso, juega con su hijo. Es tan extraño, ese pequeño cambió totalmente al estar en los brazos de su progenitor, rebosa de vida, de entusiasmo, mucha vitalidad en esos bracitos. Es como si el sentido de la existencia de ese rostro ridículo sea hacer feliz a su hijo; aunque los niños de esa edad están locos, cuando crezca sentirá vergüenza cuando le pregunten sus amigos si ese es su padre. El rostro ridículo conversa con el niño, no logro distinguir los balbuceos del crío pero el padre parece tomar en serio cada articulación de palabras, lo mira como si se encontrara ante un ser prodigioso al que hay que escuchar de principio a fin. El pequeño se está quedando dormido y el rostro ridículo lo contempla, nunca he visto a padre más orgulloso de su hijo, realmente se siente satisfecho, esa expresión irradia totalmente su semblante. Por un momento siento envidia por ese hombre. El niño se recuesta sobre el pecho de su padre, mientras éste lo envuelve en un abrazo lleno de ternura, como si apretara en su pecho el más grande de los tesoros, el cual sabe que es suyo, sólo suyo, que nadie podrá arrebatarle jamás esa dicha. Este hombre tiene una finalidad, él lo sabe, por eso la sostiene en sí mismo, la hace latir y la arrulla en el canto de su pecho. La mujer contempla, ella los mira con inmensa ternura, una ligera sonrisa se dibuja en su rostro, pero no quiere tocarlo, él está en un trance, soñando despierto con el hijo envuelto en sí mismo; los ojos de vaca, enterrados en dos prominentes pómulos, ensombrecidos por dos azotadores negros, sueñan y me hacen comprender el estúpido semblante. No sé qué pensar, este incidente simplemente me robó el mal humor, además, qué importa, bajo en la siguiente estación.

Miro al extremo del vagón, ahí sigue ese hombre de pie, su mirada permanece como al principio, aguda y expectante, -¿pero cómo no va a estarlo?- él no tiene la oportunidad de entender lo que ha pasado, desde su perspectiva es imposible que se percate, él sigue odiando al rostro ridículo mientras que yo lo he perdonado. Pero me inquieta la mirada de aquél, cada vez está más fija hacia esta dirección, en cada segundo sus ojos se abren más y más, alentados por un fuego interno que me estremece, me perturba. Creo que está por decidirse a avanzar, esa bocanada de aire lo indica todo. Sí, ya viene, pero no, es que él no entiende, no comprende que el rostro ridículo tiene una finalidad. No puede ser, ¿por qué tiene que meter la mano en el bolsillo de su saco? ¿Acaso es? ¡No! No tiene que suceder esto, hace unos minutos lo merecía, pero ahora no, ¡ya no! Algo me duerme las piernas, no puedo levantarme a decirle que está en un error, que no debe hacer eso contra el rostro ridículo. Su mirada llena de convicción me dice que aunque me ponga frente a él, lo hará. El desgraciado no se da cuenta, sigue mirando a su hijo, no sabe lo que está por suceder, esto es angustiante, no puedo controlar el temblor de mis extremidades. Recorrió en segundos medio vagón, está a centímetros del rostro ridículo, la mano sigue en el bolsillo del saco.

Para mi sorpresa ese hombre comienza a arremeter contra una anciana que está justo frente al asiento del rostro ridículo. Jala de ésta pero ella se resiste, protege con todas sus fuerzas algo que él quiere arrebatarle de las manos, el hombre saca la mano del bolsillo y apunta con el arma. Todos permanecemos en silencio, asustados, a espera de que el tren llegue a la siguiente estación y las puertas se abran para salir corriendo. —Ah, maldita vieja, ya suelta lo que llevas ahí— el hombre le propina un fuerte golpe con la pistola en la cabeza, pero ésta se aferra con tenacidad —¡Anda vieja, ya dale lo que quiere, no seas imprudente—, estamos casi por salir del túnel, seguro que la vieja cree que eso la salvará, pero el hombre vuelve a azotar la cabeza con más ímpetu, al grado de crear un sonido seco y crujiente, en ese momento, al instante en que la sangre brota y la luz al final del túnel se muestra, el rostro ridículo grita: “¡No!”

Idiota, ¿por qué no pudiste aguantar? Mi corazón se paraliza, estamos entrando a la estación, la luz atraviesa con intensidad las ventanas del tren, en unos cuantos segundos esas puertas se abrirán y el tipo saldrá corriendo. La anciana jadea y ve su sangre caer en el piso, sin embargo conservó lo que casi le cuesta la vida; pero el hombre armado al escuchar el grito del rostro ridículo, giró inmediatamente apuntando hacia él. Estos breves instantes resultan eternos -¿en qué momento se va a detener el tren y abrir sus puertas?-, la velocidad disminuye al grado de plasmar todo en imágenes congeladas. El rostro ridículo abraza con fuerza a su hijo, lo aprieta contra su pecho envuelto entre sus brazos, tratando así, de esa manera tan absurda, de protegerlo. — Se lo estuve diciendo en el camino, se lo decía con la mirada, pero nunca me entendió, nunca me vio, sólo soñaba como una vaca; yo se lo dije, le dije que era un imprudente, un cínico, un salvaje; se lo dije de tantas maneras pero no entendió. ¡Ay Dios mío! Es la costumbre, es la costumbre porque sé que no existes ¿verdad? Esto no tiene remedio, yo se lo dije, se lo dije y no me entendió: no debes mirar como lo hacen los niños, pues ellos están locos y son imprudentes, ven al Diablo en la mirada ajena y eso no se debe hacer—. Justo al sonar la apertura de puertas esperé el sonido de la detonación, pero no llegó, no hubo disparo, muchos salen corriendo por las otras puertas, pero el hombre permanece apuntando a ese rostro ridículo, el sonido del cierre de puertas se presenta al mismo tiempo que la detonación del arma.

Acostumbro narrarme ésta historia a mí mismo, tratando de recordar a ese rostro ridículo y entender por qué tuvo que pasar todo de esa manera, pero es inútil, no hay respuestas. Muchas veces nos detenemos a observar aquello que es grotesco por simple morbosidad, como si lo repulsivo también tuviera un encanto seductor. Reconozco que es absurdo indagar en aquello que no deseamos, pero tal parece que muchas veces nos enfrentamos a un placer culposo, uno que hace violentar nuestras emociones a grados delirantes. Me pregunto sobre los motivos que permitieron aquél acontecimiento; me pregunto sobre esa vieja que aferró su vida a defender aquello que no le arrebataron; me pregunto sobre qué será de ese niño envuelto en el corazón de su padre; me pregunto por qué no pudo contener ese grito, ese “no” ahogado y esa mirada indagadora. Son tantas preguntas sin respuesta, pero cuando me cuestiono sobre por qué ese hombre disparó el arma, la respuesta es clara, se debió a que aquél infortunado poseía un rostro ridículo.

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