Luna Canina

No hay mayor tristeza que el desconsuelo que genera la esperanza. Aquella noche los cachorros esperaron a su madre, como lo volvieron a hacer la noche siguiente. Expectantes a los sonidos y al olor del movimiento, intentan percibir el retorno del ser esperado.

Luna canina

Eduardo Ruiz

I

Todo gira ante sus ojos, un fuerte impacto le hace dar vueltas de forma precipitosa. Nada detiene el gran ímpetu con que su materia se impacta contra el pavimento, contra las rocas, contra la tierra y el pasto. Repentinamente todo es silencio, las extremidades no se sienten, nada se siente. Los sentidos se han perdido en alguna parte del camino. Sólo los ojos se concentran en una luz blanca y redonda. Es la luna, una bella luna. No parpadea, no quiere hacerlo, esa luna es fascinante, pero también siente miedo de hacerlo, de cerrar los ojos y no ver más aquella esfera luminosa. Los párpados pesan, un inmenso sueño se aproxima y le invita a dormir, pero ella se aferra, no a levantarse o moverse, pues no puede hacerlo, sólo quiere seguir ahí, arrojada a una parte del mundo, maltrecha y destrozada sobre una carretera, apenas iluminada por una lámpara de neón.

II

Nacieron cinco cachorros, tres hembras y dos machos. La madre confeccionó una excelente guarida antes de parir, no por desconfianza, sino por instinto, un instinto confundido, pues ella era un animal campesino y de ciudad, es decir, poseía ambos mundos en su entorno. Un camino empedrado que se confundía con la pradera, el baldío, los desagües, la ausencia de personas, pero también llegaba a las carreteras, las fábricas y las industrias. Un panorama híbrido como lo era su naturaleza. La fortaleza era una antigua construcción que fue abandonada por el descubrimiento de altos niveles de salitre en el subsuelo, lo cual impediría que las edificaciones lograran sostenerse al paso de las décadas. No era pueblo ni ciudad, más bien era como el aborto de un fantasma, algo que no se sabe si es o no es y que finalmente desaparece llevándose consigo el enigma de la vida.

III

Ella cavó una especie de madriguera por debajo de un cúmulo de escombros. El pequeño espacio permitía no sólo almacenar a las futuras crías, sino también protegerlas de posibles depredadores, al menos eso le decía su naturaleza. El calor generado por su cuerpo era una excelente calefacción, la cual aumentó cuando los cinco bebés aparecieron. El llanto constante hizo del lugar muerto un jolgorio. No más silencio en aquellos espacios ruinosos, el sonido es también luz, calor  y vida, pues sólo la muerte descansa. La madre no se separó de sus crías hasta que abrieron los ojos. Debilitada salió a buscar alimento. Los pequeños veían al final del camino, cuando su madre desaparecía, un pequeño hueco luminoso que quemaba sus pupilas; extraños sonidos y olores se avecinaban, esa impactante experiencia les hacía retroceder y amontonarse unos contra otros, como si fuesen una única masa de calor. Caían rendidos en profundo y placentero sueño. Cuando la madre aparecía se volvían locos, percibían su olor antes de que ella atravesara el pasadizo, eran expertos para ver con la nariz.

IV

El maravilloso instinto de los perros les ha otorgado el gesto más sincero de todo el reino animal: el movimiento de la cola al padecer una fuerte descarga de alegría. ¿Acaso alguien podrá negarlo? Así la movían los cachorros, de forma estrepitosa cuando la madre aparecía. Después de alimentarse se acurrucaban en ella, embadurnados por el calor, los seis seres se entregaban confiados al descanso. Nuevamente el silencio llegaba, en apariencia, pues lo vivo siempre está lleno de sonidos extraños que después de milenios se convierten en música y en sinfonías, pero que en el fondo son el canto de los corazones que laten al tempo de sus más profundos sueños. Las respiraciones cantan, algunas lloriquean porque en la imagen onírica no alcanzan a mamar de la teta de su madre; otros roncan porque su estómago está satisfecho, algunos mueven sus pequeñas patas porque corren en caminos nunca antes vistos. Todos son un solo ser que se envuelve dentro de sí mismo, que se canta y se arrulla, que se sueña y respira en un solo latido.

V

El único dolor padecido por los cachorros era cuando la madre los sacudía para salir a buscar alimento, inquietos y sufrientes le seguían por el pasadizo, pero al contacto con la luz y los sonidos del exterior, generaba en ellos nuevamente el temor que les hacía regresar con rapidez. Al alejarse de la madriguera percibía a la distancia el olor de cada uno de sus críos, era como confeccionar un trajecito que le permitía visualizar a cada uno de ellos. Los lloriqueos le perturbaban, tenía que apresurarse a regresar, pues conforme fueron pasando los días los cachorros se habían vuelto más inquietos e impetuosos, acumulando el brío que alimenta la valentía para salir de la guarida. Ella tenía que estar cuando eso sucediera, tenía que advertirles el paso, el camino, el peligro que hay en el entorno, principalmente los animales de la carretera, los de paso veloz e imponente, los que por nada se detienen.

No había nada que cazar, los perros desde hace mucho tiempo ya no cazan, pero son excelentes carroñeros, a veces encontraba algún animal muerto, en otras ocasiones hurgaba en los despojos de un basurero.

VI

No hay mayor tristeza que el desconsuelo que genera la esperanza. Aquella noche los cachorros esperaron a su madre, como lo volvieron a hacer la noche siguiente. Expectantes a los sonidos y al olor del movimiento, intentan percibir el retorno del ser esperado. Nunca antes sintieron más miedo al pasadizo y al pequeño hueco de la madriguera, y nunca antes lo habían observado durante tanto tiempo, sin parpadear, sin cerrar los ojos. El hambre, la verdadera hambre era algo nuevo para ellos, como lo era también el verdadero frío que expresaba la ausencia del cuerpo de su madre. Aquella noche conocieron el sonido del relámpago y el martilleo de la lluvia. A la distancia, cinco millas, su madre está muriendo, agonizante mira a la luna, pero el cielo está cubierto de negras nubes que pesadas se precipitan sobre la tierra. El cuerpo torcido, deforme, extraño, es irreconocible. La postura adoptada se deshace sobre la tierra. Las patas traseras apuntan al cielo, las delanteras se encuentran enredadas entre sí, la cola peluda ya no está, al menos no unida a su cuerpo… sólo sus ojos existen, sólo ellos conservan un pequeño halo de vida que se aferra a no morir, sólo esos ojos se esfuerzan en no moverse, en no parpadear, en no cerrarse, ellos no quieren dejar de ver la luna.

VII

Nuestra historia de la luna canina debió terminar en el capítulo anterior, pero hoy no será así, pues a la tragedia no le basta la desgracia y es mi deber concluir este relato. Esa misma noche, como si se tratara de un ejército, un grupo de ratas huye de un incendio suscitado en un lugar cercano. Un camión de bomberos arrolla en la carretera a un perro, bien pudo evitarlo, pues el canino se confundió con las luces y los sonidos de sirenas y dudo por un instante en avanzar o retroceder, sin embargo el auto de bomberos no reparó y aceleró el paso de manera indiferente.

Permaneció varias horas resistiendo el sueño, “la luna se ve muy especial esta noche”, pensó, y pensó en sus cachorros, en que ellos aún no la conocían, como tampoco sabían del día y la noche, que aún no habían bebido el agua de la lluvia, que aún sus pequeñas patitas no recorrían la tierra y los campos, que sus dientes apenas se asomaban a través de las encías rojas que ya lastimaban sus ubres. De pronto sintió un cosquilleo a causa de los mordiscos. Se desesperó al pretender incorporarse y no poder hacerlo, quiso aullar para llamar inútilmente a sus hijos. Sólo era ella, el cosquilleo, la luna y el silencio; era el cansancio, los párpados que se niegan a cerrar, los ojos que quieren ver y no morir; era la vana esperanza de estar rodeada por ellos, acurrucados en un solo ser que nada teme, un ser que puede dormir indiferente a la luna y al silencio de la noche, pues la noche invita a la muerte, la noche hace elevar el pecho en un eterno suspiro para aquél que no tiene regreso. Sin embargo ella permanece inmóvil contemplando la luna y resistiendo lo inevitable.

Las ratas encuentran aún con vida su cuerpo en el camino, la huelen sigilosas y después de algunos mordiscos comienzan a comer de ella. El voraz ejército se entrega salvajemente a una orgía de sonido, chasquidos, chillidos y movimiento. En poco tiempo las vísceras derramadas desaparecen y el frío hueso refleja el blanco de la luna de neón. Las ratas reanudan el paso inquebrantable.

VIII

Los cachorros permanecen cansados, no sólo por el hambre sino por las energías desgastadas al tratar de llamar a su madre a través del fuerte llanto. La tormenta se había ido y nuevamente el silencio, el peculiar silencio de una tierra de salitre impera en aquella faz nocturna. Un sonido se distingue a la distancia, los cinco cachorros elevan sus pequeñas orejas como si fueran antenas y radares, uno de ellos comienza a agitar la cola cuando detecta con la nariz el movimiento y el calor que se aproxima con velocidad. Los diez ojos inquietos permanecen, sin parpadear, fijos al pasadizo y a la entrada de la guarida, iluminada por el resplandor de una luna canina.

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